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Archivos Mensuales: marzo 2013

Llegamos a la casa de mi familia. Es una casa grande de una sola planta baja en medio de la nada. Es un poco tarde y me dicen que mi abuela ya esta durmiendo. Pero se abre la puerta y sale de su habitación y me dice que está preocupada porque ella se ha ido al desierto y cree que no volverá. Le pregunto cuanto hace que se fue, y me contesta que esta tarde, que sospecha que la han secuestrado. 

Investigamos un poco, preguntamos. 

Al dia siguiente, por la tarde, llegan dos hombres negros, a caballo. Bajan del caballo y pensamos que son ellos los que la han secuestrado. Pero vemos que no. Que quizá sí son hombres del desierto pero que no la han visto nunca. Mientras les acompaño hacia nuestra casa y vamos hablando, alguien (¿uno de ellos?) me sugiere que le mande un whatsapp a ella, a ver si contesta. 

No se me había pasado por la cabeza. 

Le mando un whatsapp. 

Me contesta. 

Me dice que está bien, nada de secuestros, solo se fue a dar una vuelta. Hay algun emoticono. 

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Estamos en el teatro y alguien está cambiando los focos de sitio (Anna dijo que a ella no le importaba hacerlo). Yo estoy en las butacas, cerca de la salida, hablando con Xavier. De repente se oye un grito de alguien que dice: “¡vigilad con la línea de los focos! ¡¡¡¡va a cambiar la corrie…”. Y antes de que termine el grito una sensación muy extraña, como de estar en medio de dos imanes con los polos opuestos. Exactamente esta sensació. Ganas de arrastrarte al suelo y un dolor muy grande de cabeza y una sensación entre la ingravidez y la pesadez extrema del cuerpo. Llego hasta la puerta (al estar lejos, la onda magnética me alcanza tarde) y puedo abrir la puerta y gritar socorro a dos personas que están de pie detrás de ella y que ven como me desplomo delante suyo.

Ya en el suelo oigo la voz que grito decir que ya se ha solucionado y que por suerte esta vez no ha pasado nada. Pero todos hemos podido comprobar lo que hubiera podido pasar. 

 

En el pase de prensa de la película, vienen los dos últimos directores que hemos distribuido. Frédéric Fonteyne y Ermanno Olmi. No nos hemos visto nunca, así que les llamo y les doy indicaciones para que vean donde estoy. Veo a un chico, con la cabeza llena de rizos, de unos veinte y largos años que habla por teléfono también. Levanto al mano y él levanto la mano. Es Ermanno Olmi. Yo pensava que tenia 80 años y resulta que no. Me los llevo a los dos a la sala de prensa. Frédéric también es joven, tiene el pelo rubio y parece un chico deportista o algo asi. Ermanno tiene la piel oscura y el pelo muy oscuro y muy rizado. Me sorprende ver que son tan jóvenes. Más tarde Frédéric comenta algo y Ermanno dice que hace poco que tuvo un hijo con su novia. Lo dice con desprecio, como su fuera algo que hizo en su momento, pero de lo que no se siente muy orgulloso ahora. 

Se lleva el cochecito de bebé de su hijo para dormir en él cuando va de viaje. 

Creo que he matado a mi padre. Bueno, digo creo para tranquilizarme, de hecho lo sé.

Salíamos del chalet ese blanco, donde pasábamos el verano, le estaba pidiendo algo, un favor. Él me respondió mal, no se que pasó. Sé que pasábamos cerca del parterre con cactus, en la esquina. No había nadie en la calle. Nos peleamos, le empuje. Y creo que ahí paso. No se que hice con el cuerpo, no sé si realmente estaba muerto. No lo sé. No lo recuerdo. Lo que sí que sé es que después de esto tuve una enorme sensación de culpa. Enorme. Y cuando me paro a reflexionar sobre a que se debe, se que és por que le maté. Aunque quizá no lo hice.

Mi madre pregunta que pasó, quien fue, ha hablado con la poli. De momento la policía no me ha preguntado nada, lo cuál es raro, si yo soy su hija y vivía con él en el chalet blanco.

Voy paseando por esta casa increíble (tiene una piscina con un yacuzzi dentro) y no la puedo disfrutar, porque el sentimiento de culpa lo ofusca todo. Camino lenta, pienso que puedo hacer. Intento convencerme de que no fui yo. Pero luego pienso que solo es un juego mental que me hago a mi misma para apaciguar ese sentimiento de culpa.

Después de unos días no puedo más. Necesito contárselo a alguien y ese alguien creo que es mi madre (he pensado antes en mi hermana, pero no me fio de su capacidad de callar). Voy a buscarla a la piscina, se esta bañando en el yacuzzi.

¿Qué pasará cuando se lo diga? Si calla será mi cómplice. Si se lo cuenta a la poli estará culpando a su hija. ¿Y si digo que fue un accidente? ¿Y si digo que fue en defensa propia? Quizá en un juicio me manden 3 años a la prisión si digo eso. Tres años. O toda la vida.

Pienso que es curioso como de repente todo lo que has estudiado, trabajado, soñado, pensado se queda en nada porque tienes que ir a la prisión. ¿Puedes estudiar en la prisión? ¿Puedes seguir creando?

Antes de contar nada decido probar el agua de la piscina. Es marzo, estará helada.

Pero de hecho no lo está.

Mientras hacemos los postres S me cuenta que se tomó algo con B y que él estaba preocupado por ella, por si estaba bien, e incluso creía verla entre la gente, cuando en realidad estaba a mucho kilómetros de distancia. La echaba mucho de menos.