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Archivos Mensuales: marzo 2018

De camino al Grand Canyon se nos hace de noche, y yo propongo dejarlo estar y volver mañana por la mañana. Mi padre y mi hermana no ponen mucha resistencia a volver atrás.

Necesitamos llamar y cargar móviles y paramos en una casita a medio camino de la carretera que lleva al Grand Canyon. Abre un señor curioso, alto, con media melena y bigote. Me hablar medio en italiano y medio en alemán, y nos entendemos. Que hagamos lo que necesitemos en su casa, que él se tiene que ir y que cuando salgamos cerremos la puerta.

Cuando ya vamos a irnos, llama alguien al teléfono fijo y yo respondo. Es su hermana. Me habla de él y pienso que me gustaría que aunque el encuentro ha sido breve, seguir en contacto. Cuelgo y pienso en la mejor manera de mantener la comunicación con este señor. Me decido por la carta postal. Busco en su casa algún trozo de papel, algo en lo que escribir. Hay muchos papeles pero no puedo escribir en ninguno. Finalmente encuentro un sobre marrón de burbujas, y pienso que servirá. Ahora no encuentro ningún boli, ni lápiz con punta. Hay un pincel que tengo que mojar en tinta para escribir. La escritura genera unas manchas ilegibles que se expanden mientras escribo.  Intento escribir mi dirección, pero no me salen las letras. Con muchísimo esfuerzo trato de escribir y que se entienda. Cuando miro las letras, veo que me he equivocado de dirección. Tengo que repetirlo. Cuesta muchísimo. ¿Porque me cuesta tanto escribirla? Mi padre y mi hermana empiezan a desesperarse y escribo por segunda vez mi dirección esperando que sea lo suficientemente legible para que no se corte la comunicación.

Al llegar al hotel, mi padre y mi hermana me confiesan que al día siguiente no vendrán al Grand Canyon. Que les da igual verlo que no verlo. Que ya lo han visto en fotos.